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Archive for the ‘- Leyendas y mitos marineros’ Category


Los magníficos y únicos manuscritos medievales europeos siguen proporcionando sorpresas, y en este caso descubrir cómo se representaba el mar y su contexto nos permite sumergirnos en este mundo onírico e ingenuo, poblado de monstruos marinos.

Las embarcaciones y los animales marinos gigantescos suelen aparecer navegando a la par, o incluso mezclados, como en este manuscrito inglés del s. X, en el que podemos apreciar un barco cuyo mascarón de popa representa un impresionante dragón.

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Barco con forma de dragón. Manuscrito del siglo X. Northumbria (Gran Bretaña)

Los monstruos marinos, como se puede apreciar en las siguientes imágenes, suelen aparecer con forma de peces enormes, muchas veces “confundidos” con islas, como en este bestiario inglés de comienzos del siglo XIII, o en los dos siguientes, que son posteriores (s. XV).

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Monstruo marino (C van Duzer). British Library, Harley MS 4751, f. 69r.

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Bestiario (c. 1277), Fundación Paul Getty (Los Ángeles), ms. Ludwig xv 4 fol-94v

Getty, MS. Ludwig XV 3, fol. 89v

Dos pescadores sobre un monstruo conocido como Aspidochelone. Fundación Getty, MS. Ludwig XV 3, fol. 89v

También encontramos seres con cabeza humana y cuerpo de pez, o criaturas marinas con las extremidades inferiores terrestres.

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Liber de natura rerum, de Thomas de Cantimpré (S. XIII). Biblioteca Municipal de Valenciennes. Ms. 320, fol. 117r.

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Biblia inglesa del siglo XIII. Alençon, Bibliothèque municipale, ms. 56, fol. 250r.

Haciendo uso de la imaginación, los artistas medievales otorgaban poder para navegar a algunos animales como las ratas, adentrándonos involuntariamente en el mundo de los cuentos infantiles.

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Pontificias de Guillaume Durand, Avignon, antes 1390. París, Bibliothèque Sainte-Geneviève, ms. 143, fol. 77v

O incluso se aventuraban a predecir el futuro dibujando cápsulas para introducirse en el agua, adelantando la imagen que siglos después tendrían los primeros sumergibles.

 detail-of-a-miniature-of-alexander-exploring-the-ocean-in-a glass barrel, accompanied by a cat and a cock; in this version of the story, his unfaithful wife tries to murder him by cutting the cord connecting him with the ship, and it is by killing the cat (not a dog) that he is able to rise to the surface; from Le livre et le vraye hystoire du bon roy Alixandre, France (Paris), c. 1420, Royal MS 20 B. xx, f. 77v. - See more at: http://britishlibrary.typepad.co.uk/digitisedmanuscripts/2013/01/#sthash.4XxSHTET.dpuf


Detalle de una miniatura del Libro de Alexandre, Francia (París), c. 1420, Royal MS 20 B. xx, f. 77v. Fuente

En definitiva, al indudable valor artístico y estético de estas obras se une otro más intangible, porque se convierten en la representación de la mentalidad de la sociedad medieval, reflejando sus temores y su forma de entender el universo marino, habitado por monstruos con forma de grandes peces. Pero es que a veces se adelantan siglos, y dibujan artefactos venideros, e incluso nos sugieren e ilustran temas para cuentos infantiles. Una maravilla de imágenes a las que les dedicaremos más espacio en entradas posteriores.

Más información

Culture. The Medieval Bestiary.

ELLIS, R. Monsters Of The Sea: The History, Natural History, and Mythology of the Oceans’ Most Fantastic Creatures. Knopf, 1994.

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Por José Mª Lima Reina, alumno del Máster en Historia y Patrimonio Naval

Descripción y ubicación

El Faro de Cabo de Gata está situado en el cabo del mismo nombre en la provincia de Almería (España). Se encuentra justamente en el límite de la demarcación costera que separa los Departamentos Marítimos de Cádiz y Cartagena. Se levantó sobre el patio central del Castillo de San Francisco de Paula, en la colina que los romanos denominaron “promontorium charidemi”, que podemos traducir como el Promontorio de las Ágatas, debido a la cantidad de piedras semipreciosas que se podían encontrar en los alrededores. Quizás la contracción gramatical de ágata dio origen a su nombre actual.

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El faro hoy forma parte del Parque Natural Cabo de Gata-Níjar, que es un espacio marítimo-terrestre que cuenta con 63 kilómetros de costa, con numerosos acantilados y fondos marinos catalogados como los mejores del Mediterráneo.

Almería situada en el mapa peninsular

Almería situada en el mapa peninsular

Historia

El Cabo de Gata está habitado desde tiempos inmemoriales. Fue un lugar de paso de los fenicios hacia Tartesos y el lugar de unión entre los dos continentes del Este del Mediterráneo. Ptolomeo lo incluye en el paso entre Portus Magnum y Baria. Las fuentes romanas informan que en sus playas había cornalinas blancas, ágatas y rubíes entre otras piedras semipreciosas. Durante siglos estas aguas han sido objeto de continuos ataques de piratas de Berbería, por lo que fortificar y artillar este promontorio ha sido una vieja aspiración de sus pobladores.

Conralinas

Cornalinas obtenidas en el sur de España

El castillo de San Francisco de Paula fue construido durante el reinado de Felipe V en la primera mitad del siglo XVIII, y servía como defensa de costa. El castillo fue destruido durante la guerra de la independencia española y actualmente sólo se conserva el muro de la base.

Hay que señalar que el proyecto de construcción del faro tardó más de una década en llevarse a cabo, debido a las diferencias entre varios estamentos, el Ejército, la Marina y el Ministerio de Obras Públicas. Con la construcción del faro se pretendía avisar a los navegantes de la peligrosa Laja del Cabo, un arrecife situado a una milla marítima del mismo.

Ruinas del castilllo

Ruinas del castilllo

El proyecto original de construcción fue aprobado el 31 de julio de 1861 por una Real Orden (R.O.). El 29 de agosto de 1863 se aprueba por otra R.O. que el 30 de abril de ese mismo año se ilumine un faro de 2º orden en el Cabo de Gata.

Descripción

El faro cuenta con una torre de 18 metros de altura y se iluminó con una lámpara alimentada en un principio con aceite de oliva. A partir de 1882 se usó la parafina y por último, desde 1902, petróleo. En 1973 entró en servicio un radiofaro y dos años más tarde se modificó la instalación luminosa. Los sistemas de ayuda quedaron terminados cuando en febrero de 1978 se instaló en el faro una sirena de alcance.

El faro, en su estratégica posición

El faro, en su estratégica posición

La torre actual tiene una planta troncocónica. Está situada en el centro de la circunferencia de la parte curvada del castillo, pero separada del edificio. Actualmente se encuentra en funcionamiento y en perfecto estado. Está considerado como un bien de interés cultural.

Naufragios

La privilegiada situación de este faro tiene como parte negativa que sus costas son peligrosísimas. De hecho, ya en 1613 aparece documentado el naufragio de la galera Patronal Real, que se dejó “un pedazo de la quilla”. Desde entonces han sido muchos los barcos allí encallados.

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Enumeramos algunas de las naves de diversas nacionalidades que se han quedado allí varadas: en 1777 un buque napolitano, el San Francisco de Paula; en 1881 dos embarcaciones francesas (Ana Mª y Major); 1896 el inglés South Wales; el Galatz (1900) un vapor francés; en 1901 un laud, el Flamenco; un vapor portugués, el Trazaria en 1917; en 1927 otro vapor francés, el Henry Desmarais. En el año 1928 naufragó el buque checoslovaco Arna, tras colisionar contra la Laja del Cabo. No hubo víctimas gracias a que el buque tardó varios días en hundirse (ver video).

Todo ello sin contar los que yacen allí, embarrancados porque se hundieron como consecuencia de los dos grandes conflictos mundiales del siglo XX, o las múltiples barcas malogradas de pescadores del litoral.

Restos del Arna

Restos del Arna

Anécdotas sobre el faro

Entre las curiosidades sobre la historia del faro cabe destacar la ocurrida durante la madrugada del 11 de diciembre de 1917 cuando el capitán del vapor inglés Nellore creyó ver a los torreros del faro emitir señales en código Morse. De las posteriores investigaciones se dedujo que no eran señales en Morse, sino que los torreros estaban limpiando los eyectores de la lámpara. Al menos esa fue la explicación oficial.

El 14 de julio de 1937, en plena guerra civil, las instalaciones sufrieron un ataque aéreo produciéndose numerosos daños, a pesar de ello el faro siguió funcionando con normalidad.

Merece la pena visitar el lugar por las impresionantes vistas, sobre todo las puestas de sol y la panorámica de la playa de las Salinas.

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La cala de las sirenas

Debajo de la colina del faro se puede contemplar el denominado arrecife de las sirenas, que es en realidad el resto de una antigua chimenea volcánica (conducto de unión entre la cámara magmática y el exterior del cráter volcánico), que se vio sometida a un proceso de erosión diferencial. En la actualidad ofrece unas vistas inmejorables del Mediterráneo Sur, y en ella se pueden observar las focas monje, a las que sus antiguos pobladores llamaban sirenas.

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La cala de las sirenas vista desde el faro

Fuentes bibliográficas

Guía multimedia de los faros de España. Puertos del Estado. Ministerio de Fomento, 2003.

Videos

Faro de Cabo de Gata

Hundimiento del Arna

Pecio del Arna

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Traemos aquí la leyenda, de origen griego, según la cual los delfines salvan a los hombres de los naufragios.

Dionisos, también conocido como Baco, fue un dios con características especiales. Hijo natural de Zeus, la leyenda cuenta que nació dos veces, una cuando se salvó de morir en el vientre de su madre, abrasada por los rayos del inmortal Zeus y otra a los nueves meses.

Hay muchas historias que contar de este dios del vino, pero aquí traemos una aventura marinera con todos los ingredientes de las leyendas de la Antigüedad clásica.

Representación del dios del vino en un mosaico (Museo Metropolitano de Nueva York)

Es una conocida narración mítica según la cual Dionisos, el dios de la vid, contrató los servicios de unos piratas tirrenos para ir a la isla de Naxos; los piratas, fingiendo aceptar el trato económico propuesto por el dios, osaron engañarle y al punto pusieron rumbo a Oriente con la idea de venderlo allí como esclavo. Creían que se trataba de un príncipe y esperaban obtener un buen rescate por él. En vano se esforzaban por atarlo con pesadas cadenas, éstas se soltaban y caían por sí mismas.

Naxos, la isla griega a la que se dirigió Dionisos. Allí vivía Ariadna.

Entonces se produjeron unos hechos prodigiosos: a lo largo del sombrío barco empezó a correr un vino delicioso y perfumado y una vid trepó por la vela abrazándola con sus hojas. Mientras que en torno al mástil se adhería una oscura hiedra, los remos se convirtieron en serpientes y resonaron flautas invisibles. Ante tales prodigios, los aterrados piratas se tiraron al mar quedando transformados en delfines.

Mosaico representando a Dionisos tirando del barco a los piratas. Museo del Bardo (Túnez)

Desde entonces, según la leyenda, los delfines son amigos de los hombres y se esfuerzan por salvarlos en los naufragios, puesto que son aquellos piratas arrepentidos, que por mandato de Dionisos tienen encomendada esta tarea.

Preciosa vasija griega representando la transformación de los piratas en delfines

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En la isla de Malta, y en concreto en Marsaxlokk, podemos encontrar estas preciosas embarcaciones que todavía usan los pescadores de la zona. Se denoniman Luzzus y son uno de los símbolos del país.

Pero aparte de que su indudable estética visual, portan una tradición milenaria que las hace herederas de una parte del pasado naval y marítimo que ha dejado en sus orillas el Mar Mediterráneo.

Situación geográfica de la isla de Malta

Se puede ver que están pintadas con gran esmero, utilizando colores brillantes.

Parece que el origen de esta costumbre fuertemente arraigada en la cultura maltesa es fenicio. Nada extraño en unas islas que durante su largo acontecer histórico han “recibido” también a griegos, romanos, vándalos, árabes, normandos, españoles, franceses, ingleses…

Es muy curioso observar que llevan pintado un ojo en cada lado de la embarcación, es el ojo de Horus (también lo llaman ojo de Osiris, que fue el padre Horus en la mitología egipcia) para que aleje el mal de ojo y traiga buena suerte. Este símbolo egipcio, muy utilizado durante los siglos de apogeo del mundo griego (arriba, en la imagen superior puede verse un ejemplo de ello), llegó a Malta, como muchas otras costumbres y tradiciones, a través del Mar Mediterráneo.


Más información

- Los Luzzu de Malta

- Malta, una isla curtida por siglos de Historia

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Esta preciosa torre, que funcionó como faro durante mucho tiempo, fue construida hace mas de 2500 años y se encuentra en un islote, en la orilla asiática de Estambul. Originariamente estaba al lado de un castillo mandado levantar por Alcibíades, en el siglo V a. de C.

Ha sufrido varias remodelaciones, pero en nada se ha perdido el encanto y romanticismo que actualmente tiene este antiguo faro, que también sirvió de prisión, de casa de retiro para los oficiales de marina y de cuartel de inspección de la marina turca. En la actualidad tiene en su interior un café, un restaurante y un pequeño museo.

En sus diferentes denominaciones se pueden encontrar los restos de las dos civilizaciones que surcan sus orillas. La tradición griega la llama la Torre de Leandro, mientras que la turca habla de ella como la torre de la doncella.


Ésta última se relaciona con un emperador bizantino que encerró a su hija en esta torre para protegerla de morir joven como consecuencia de una picadura de serpiente. Desgraciadamente, un ofidio que salió de una cesta de uvas que una bruja le había llevado a la torre le picó y la princesa murió como habían presagiado los oráculos.

El nombre de la Torre de Leandro no es nada más que una adaptación de una leyenda mítica que cuenta la relación entre el joven Leandro y Hero, una sacerdotisa de la diosa Afrodita. Leandro atravesaba cada noche el Bósforo nadando, guiado por el resplandor de la antorcha que encendía Hero (que vivía en esa torre –el Kiz Kulesi), pero una noche de tormenta la tea se apagó y el joven murió ahogado. Cuando Hero supo la noticia se arrojó también a las aguas del estrecho.

‘El Beso’ de B. Gask, en Buenos Aires, representando a Hero y a Leandro

Más información

- Historia y características técnicas del faro (en inglés) aquí
Kiz Kulesi, un faro de leyenda
La torre de Leandro

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La sirena de Zennor: el triunfo de un amor imposible en las profundidades (2ª parte) (Por primera vez en español). Por Garbo.

Accede a la primera parte de este relato

Esta leyenda ha dejado una profunda huella en la localidad de Zennor, de tal forma que en la propia iglesia hay un banco con una talla de madera con una sirena. En las ilustraciones que aquí aparecen, aparte de las impresionantes vistas, se pueden ver el templo, el banco y la sirena grabada.

    La leyenda (II)

Las escamas escurridizas y la cola de pez impedían a Morveren desplazarse con naturalidad. Sin embargo, consiguió alcanzar la iglesia, avanzando lentamente, y sujetándose a los árboles que encontraba a su paso. Aún así, llegó a tiempo para el himno final, mientras que los feligreses miraban con atención sus libros de cánticos. Al no tener ninguno de ellos ojos en la nuca, no pudieron ver a Morveren, pero ella sí los vio, y a Mathew también. Según Morveren, Mathew era tan hermoso como un ángel, y su voz reproducía los sonidos de un arpa celestial.

A partir de entonces, cada noche, Morveren se vestía y subía a la iglesia, a mirar y escuchar, permaneciendo unos minutos, y siempre se marchaba antes de sonar la última nota para tomar las olas de la marea alta. Y noche tras noche, mes tras mes, Mathew creció y su voz se hizo más grave y profunda. Así continuó durante más de un año, hasta aquella noche en la que Morveren permaneció más tiempo del habitual. Había oído a Mathew cantar un verso, luego otro, y empezar un tercero. Cada estribillo era más hermoso que el anterior, y Morveren no supo contenerse.

Fue sólo un suspiro, más suave que el susurro de una ola, pero fue suficiente para que Mathew la escuchase, por lo que miró a la parte trasera de la iglesia y la vio. A Morveren se le iluminaron los ojos, y la red, que se había deslizado de su cabeza, mostraba un cabello húmedo y brillante al descubierto. Mathew dejó de cantar, obnubilado por su mirada, por aquellos preciosos ojos que escondían el sufrimiento de un amor imposible. Fue un amor a primera vista.

En ese momento, Morveren se asustó. Mathew la había visto y su padre le había advertido de que no debía mirarla. Además, la iglesia era un lugar cálido y seco, mientras que las sirenas deben estar en lugares frescos y húmedos. Morveren sentía que se marchitaba, y salió por la puerta a toda prisa.

    – «¡Alto!» – gritó con valentía Mathew –. «¡Espera!» – dijo corriendo tras ella.

De repente, todo el pueblo volvió la mirada hacia atrás, asustado, mientras los libros de cánticos caían al suelo por el asombro que envolvía todos y cada uno de los rincones del templo.

Morveren salió disparada. Su vestido se enredó con una rama de árbol, y se habría caído si Mathew no la hubiese alcanzado y cogido en el acto.

    – «Quédate» – le rogó –. «Quienquiera que seáis, no te vayas».

Lágrimas, lágrimas de verdad, tan saladas como el mismo mar, se deslizaban por las mejillas de Morveren.

    – «No puedo quedarme. Soy una criatura del mar, y debo volver a donde pertenezco» – dijo llorando Morveren.

Mathew vio la punta de su cola de pez, que sobresalía por debajo del vestido. Pero eso no le importaba en absoluto.

    – «Entonces iré contigo. A tu lado es donde quiero estar. Allí es donde pertenezco» – dijo Mathew sin dudar ni un segundo.

Tomó a Morveren, y ella se le abalanzó sobre su cuello. Se apresuró a bajar por el camino con ella, hacia la orilla del mar, mientras toda la gente de la iglesia se percataba de ello.

    – «¡Mathew, detente!» – gritaban al unísono –. «¡Aguarda!».
    – «¡No!, ¡no, Mathew!» – gritó la madre de él.

Pero Mathew fue embrujado de amor por la sirena, y corrió más rápido con ella hacia el mar.

A continuación, los pescadores de Zennor se lanzaron a su persecución, junto con los demás y con la madre de Mathew. Pero Mathew fue más rápido y fuerte que ellos, dejándolos atrás, y Morveren fue más inteligente. Se arrancó las perlas y el coral de su vestido, y las arrojó en el camino. Los pescadores eran codiciosos, como los hombres de ahora, y se detuvieron para recogerlas. Sólo la madre de Mathew siguió corriendo tras ellos.

Pese a sus esfuerzos, la marea estaba bajando y la joven sirena no podía nadar en aquellas aguas tan poco profundas. No obstante, Mathew siguió adelante, tropezando con las grandes rocas que habían sido arrastradas por el temporal. Su madre, en el acto, viendo que su hijo estaba siendo conducido a una muerta segura, intentó dificultar sus movimientos agarrándolo de la camiseta de pescador que lucía. Mathew continuó avanzando sin importarle nada ni nadie, hasta que el mar subió a la altura de su cintura, y luego a la de sus hombros. Después, las aguas se cerraron sobre ambos, y su madre se quedó únicamente con una hebra de hilo en la mano, como un hilo de pescar sin cebo.

Años después, un capitán de un barco llegó a “Saint Ives” y contó que había anclado cerca de la cueva Pendower, y había visto una sirena que, según aseguró, le dijo: «Su ancla está bloqueando nuestra cueva y Mathew y nuestros hijos están atrapados dentro». Fue hacia el pueblo a avisar de lo que había visto, de la suerte de Mathew y talló el banco de la iglesia que evoca esta historia envuelta de misterio.

Nunca más Mathew y Morveren fueron vistos por la gente de Zennor. Se habían ido a vivir a la tierra de Llyr, en sus castillos de arena dorada, construidos muy por debajo de las aguas, en un mundo nuevo azul y verde.

Pero la gente de Zennor oye a Mathew. Él cantó a Morveren, tanto de día como de noche, canciones de amor y de cuna. También aprendió canciones que hablaban del mar. Su voz se tornaba suave y aguda si el día iba a ser bueno; por el contrario, profunda y baja si el mal tiempo acechaba sobre Llyr. A través de sus canciones y de su voz, los pescadores de Zennor sabían cuándo era seguro echarse a la mar, y cuando era prudente anclar y esperar en casa.

Hay algunos que todavía encuentran significado a las voces de las olas, y entienden los susurros del viento. Ellos dicen que Mathew canta para que lo escuchen, su voz permanece eterna en los parajes insólitos de Zennor, en las profundas aguas del mar Céltico. Un misterio aún sin resolver que sigue anclado en las raíces marineras de un pequeño pueblo, en las costumbres de una zona repleta de esplendor, donde un día el amor pudo más que la razón, y el mar se convirtió en el testigo fiel de una llama eterna que fulgura con el transcurso de los años.

    Video sobre la leyenda (en inglés)

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La sirena de Zennor: el triunfo de un amor imposible en las profundidades (Por primera vez en español)

Enviada por Garbo

1. Contextualización

Para facilitar el entendimiento de la leyenda que prosigue, debemos considerar la percepción que mantiene el folclore británico del término “sirena”. Concretamente, estos seres mitológicos son descritos de cuatro formas diferenciadas en decenas de relatos:

    a) Un ser humano descubre casualmente a una sirena de extraordinaria belleza en la costa. Tras pedirle que nunca revele su secreto, él acepta sin dudarlo, pero su promesa no es cumplida, y las consecuencias desencadenadas por la sirena son fatales.

    b) Una sirena se enamora ciegamente de un ser humano, atraída por su melodiosa y cálida voz. Olvidando que éste no puede respirar bajo el agua, lo arrastra hacia su gruta submarina para vivir juntos eternamente. Tras morir asfixiado, la sirena repara en el trágico error cometido.

    c) Una sirena nada por ríos y lagos, buscando víctimas a las que ahogar. Cuando encuentra un ser humano, se manifiesta como una persona que ha sido fruto de un accidente y está a punto de hundirse. Así, consigue que alguien la socorra, y, en su intento, ahoga brutalmente a su salvador.

    d) Una sirena protege a personas que están enfermas, dándoles consejos sobre cómo fabricar remedios caseros para recuperar la salud.

2. La leyenda


    “[…]. En las orillas del mar, dos mundos se encuentran misteriosamente. Quienes vivimos en tierra casi nada sabemos de las maravillas de quienes habitan en las profundidades submarinas. Algo sabemos de las sirenas, por lo que nos cuentan los marinos que a veces las oyen.

    Durante las tempestades, cuando la espesa neblina cubre los negros escollos, se dice que las sirenas cantan para atraer a los barcos a chocarse con las rocas, y así hacer víctimas de la muerte a los marineros. Si en alguna ocasión se ve alguna bella dama que en la orilla del mar baila sola o está escuchando música, hay que mirar el ruedo de su vestido para ver si esta húmedo. Esa es una señal inequívoca de que se trata de una sirena disfrazada. […].” (1).

A partir del siglo XVI, los relatos sobre tritones y sirenas proliferaron, y, a modo de curiosidad, la Iglesia los propulsaba para conseguir sus propios fines, captando a nuevos feligreses. Las sirenas eran incluidas en los bestiarios de la época, y había altorrelieves de ellas en numerosas iglesias y catedrales. Por ejemplo, en Zennor, una tradicional y encantadora aldea localizada en el Condado de Cornualles (en la costa norte de Inglaterra), hay un excelente altorrelieve de una sirena en uno de los bancos de la iglesia normanda de “Saint Senara”. Se cree que data de unos 600 años atrás, y evoca la desaparición misteriosa de un joven en manos de una sirena.

Concretamente, la aldea de Zennor se encuentra en la costa de barlovento del Condado de Cornualles. Las casas se disponen en las laderas, aparentando haber sido colgadas por el viento que se mece entre los parajes de ensueño, donde las olas bañan los salientes de los acantilados, en las calas. Solamente, unos pocos pescadores rutinariamente se hacen a la mar en sus barcos para autoabastecerse de alimentos, con los que mantener a sus familias. No obstante, en otros tiempos, el mar era la fuente de vida para los habitantes de Zennor, ya que les proporcionaba el pescado que precisaban, tanto para su alimentación como para la venta de pueblo en pueblo. Se tenía constancia de la hora gracias al flujo y reflujo de las mareas, y de los meses y años por los bancos de arenques. Las tormentas repentinas provocaban el naufragio de los barcos pequeros que salían del puerto de Zennor, ocasionando la pérdida de numerosos marinos, dentro de un mar furioso a consecuencia del temporal. Al final de la jornada, cuando el mar estaba en calma y todos los barcos habían atracado en la costa, con su cargamento de pescado en las bodegas, el pueblo de Zennor se dirigía a la antigua iglesia de “Saint Senara” en señal de agradecimiento por la suerte que había acompañado a los marineros en sus largas travesías por las aguas del mar Céltico. En la ceremonia religiosa, el coro cantaba, y, tras el himno de clausura, las familias se reunían en sus hogares.

Mathew Trewhella, hijo del guardián de la iglesia de “Saint Senara”, era un joven apuesto, de ojos azules y cabellos dorados, con una voz prodigiosa, que llegaba a ser la envidia de cualquier ser celestial. Al atardecer, entonaba el himno de clausura en solitario, resonando su voz con más fuerza que el repicar de aquellas vetustas campanas. Cada sonido, cada nota estaba llena de verdad, tiñendo de magia cada rincón, cada lugar de aquel hermoso pueblo de ensueño.

Una tarde, cuando los barcos permanecían amarrados en la costa y todas las familias estaban reunidas en la iglesia, algo se movió en el crepúsculo suavemente desde las profundidades del mar. Las olas se separaron sin ningún sonido, y emergió a la superficie una criatura marina que parecía ser una niña, si no llega a ser por su larga cola plateada y brillante de pez. Era Morveren, una de las hijas de Llyr, Rey de los Océanos. Desde una roca, la sirena peinaba lentamente sus largos cabellos, contemplando su reflejo en aquellas tranquilas aguas, mientras escuchaba los cánticos de Mathew y el rumor de las olas.

    – «¿De dónde viene ese cántico tan hermoso que ha traído la brisa?» – se preguntaba Morveren.

Tras unos instantes, el viento cesó, y la canción de Mathew desapareció con él. El sol se estaba ocultando por el horizonte, y Morveren debía sumergirse en aquellas oscuras aguas del mar Céltico para regresar a su hogar.

Al día siguiente, sin poder olvidar lo que había escuchado la tarde anterior, decidió emerger de nuevo, pero esta vez no se quedó en la roca, como hacía de costumbre, sino que nadó cerca de la costa para oír mejor aquellos sonidos. Morveren, asombrada, pensó: «¿Qué pájaro cantará tan dulce?» La oscuridad había llegado, y sus ojos veían sombras. No podía permanecer más tiempo allí, ¡tenía que volver…!

Reiteradas veces, Morveren permanecía en la superficie, atraída por la dulce voz que la brisa le enviaba. Ella quería saber más, y, para ello, se detuvo en la orilla, donde los marineros habían desembarcado horas antes. Desde allí, podía ver la iglesia y escuchar la música que traspasaba sus antiguas puertas de piedra, que databan del siglo XIII. Sin embargo, no pudo acercarse más, ya que la marea estaba menguando. Ella sabía que debía volver para no quedar varada en la arena como un pez fuera del agua. Se sumergió bajo las olas, y se encaminó hacia la cueva oscura donde vivía junto a su padre, Llyr, sin confesarle nada de lo que había hecho. Llyr tenía cierta edad, la piel oscura y el cabello largo, enredado constantemente con las algas que brotaban del fondo marino. Él la conocía muy bien y, con sólo mirarla a los ojos, dedujo cuáles eran sus intenciones:

    – «No» – afirmó Llyr con rotundidad, sacudiendo la cabeza de un lado a otro –. «Para oír es suficiente, hija mía. Ver es demasiado».

    – «Tengo que ir, padre» – declaró Morveren –. «La música es magia».

    – «No» – respondió Llyr –. «La música está hecha por el hombre, y sale de la boca de un hombre. Nosotros, la gente del mar, no caminamos sobre la tierra de los hombres».

Una lágrima, del tamaño de una perla, descendió por las sonrosadas mejillas de Morveren:

    – «Entonces, deseo morirme a seguir viviendo de esta forma» – gimió Morveren.

En ese momento, Llyr suspiró, provocando un estruendo, tan sólo comparable con las olas gigantes que rompían contra las rocas del acantilado. No podía soportar que su hija tuviese en la mente aquellos trágicos pensamientos, y cedió ante su petición:

    – «Ve, pues» – dijo al fin – «Ten mucho cuidado. Cúbrete la cola con un vestido, tal y como llevan sus mujeres, y, en silencio, desplázate por la tierra. Para acabar, recuerda siempre estas palabras que voy a decirte, querida hija: regresa con la marea alta, o nunca podrás volver».

    – «¡Voy a tener cuidado, padre!» – gritó Morveren emocionada – «Nadie me hará caer en la trampa como si fuese un arenque».

Llyr le dio a Morveren un hermoso vestido de perlas incrustadas, corales, jades y otras piedras preciosas del fondo del océano. Se cubrió la cola con el mismo, y ocultó su pelo brillante con una red. Así, disfrazada, se dirigió rumbo a la iglesia, a la tierra de los hombres que tanto anhelaba por conocer.

[Traducción basada en: The Mermaid of Zennor. Cornish Myths and Legends. 04 de julio de 1997.]

Accede desde aquí a la segunda parte de este relato.

    Bibliografía citada

(1) BLYTHE, Richard. Bestias fabulosas. Ilustrado por Fiona French y Joanna Troughton. Bogotá: Voluntad, 1979. 61 p. ISBN 978-84-8270-416-6.

    Más información

(2) La villa de Zennor. Absolut Inglaterra: mantente informado de lo que ocurre en Inglaterra. 23 de septiembre de 2010.

(3) Zennor. ViaMichelin: viajes. 2011. Las atracciones turísticas, los restaurantes y circuitos de Zennor.

(4) Zennor. Wikipedia, the free encyclopedia. 31 de diciembre de 2011.

    Vídeo

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Entrada enviada por nuestro amigo y colaborador Garbo.

Estos seres fabulosos, que parten de la mitología griega, constituyen un universo que no tiene parangón, repleto de misterios y lagunas por resolver.

En el siglo VIII a.C., el poeta griego Homero introduce una completa descripción de estos seres mitológicos cuando escribe “La Odisea”; concretamente en dicha obra, la hechicera Circe, de lindas trenzas y soberana de la isla de Eea, pronuncia las siguientes palabras:

    “Las sirenas […] encantan a cuantos hombres van a su encuentro. Aquél que imprudentemente se acerca a ellas y oye su voz, ya no vuelve a ver a su esposa ni a sus hijos pequeñuelos rodeándole, llenos de júbilo, cuando torna a su hogar; sino que le hechizan las sirenas con el sonoro canto, sentadas en una pradera y teniendo a su alrededor un enorme montón de huesos de hombres putrefactos cuya piel se va consumiendo. Pasa de largo y tapa las orejas de tus compañeros con cera blanda, previamente adelgazada, a fin de que ninguno las oiga; mas si tú desearas oírlas, haz que te aten en la velera embarcación de pies y manos, derecho y arrimado a la parte inferior del mástil, y que las sogas se liguen al mismo; y así podrás deleitarte escuchando a las sirenas. Y caso de que supliques o mandes a los compañeros que te suelten, atente con más lazos todavía. […].” (1)

Probablemente éste sea el relato más conocido, que se encuentra estrechamente ligado con la definición del Diccionario de la Real Academia Española de la Lengua (DRAE), cuando afirma que “sirena” refiere a una “ninfa marina con busto de mujer y cuerpo de ave, que extraviaba a los navegantes atrayéndolos con la dulzura de su canto”.

Por lo tanto, en ambos enunciados prevalece la consideración de la Grecia clásica: mujeres aladas, a veces armadas con garras de felino, que acechaban a los navegantes entonando canciones de particular encanto, con sus voces agudas, desde rocas o islas. Este sonido hipnótico conseguía quebrar la voluntad de cualquier hombre por muy fuerte que fuese.

Por contraposición, desde la antigüedad, también se ha descrito a las sirenas como mujeres atractivas, con cola de pez, que peinan constantemente sus largos cabellos dorados a orillas del mar, rescatando a náufragos que, en su destino, se habían visto abatidos por fuertes temporales. Esta concepción se refleja en algunos de los cuentos de “Las mil y una noches”. Así, en el titulado “La ciudad de bronce”, leemos la siguiente descripción:

    “[…], y las dos hijas del mar, que eran dos maravillosas criaturas de largos cabellos ondulados como las olas, de cara de luna y de senos admirables y redondos y duros cual guijarros marinos; pero, desde el ombligo, carecían de las suntuosidades carnales que generalmente son patrimonio de las hijas de los hombres, y las sustituían con un cuerpo de pez que se movía a derecha y a izquierda, de la propia manera que las mujeres cuando advierten que a su paso llaman la atención. Tenían la voz muy dulce, y su sonrisa resultaba encantadora; pero no comprendían ni hablaban ninguno de los idiomas conocidos, y contentábanse con responder únicamente con la sonrisa de sus ojos a todas las preguntas que se les dirigían. […]”. (2)

Pese a esto, Hans Christian Andersen, en 1836, en el cuento de “La Sirenita”, avanza un paso más, haciendo alusión a que estos seres pueden comunicarse con los hombres; es decir, son capaces de entender y hablar la lengua humana.

En la lengua inglesa se utilizan dos palabras distintas para delimitar el concepto de “sirena”. Por un lado, “siren” designa a estas mujeres pájaro características de la mitología griega, que veíamos en el primer párrafo del discurso; mientras que “mermaid” refiere a los seres acuáticos, dotados de hermosura, que inundan las leyendas medievales y los cuentos infantiles. Esta distinción semántica, por desgracia, no existe en español, lo que provoca cierta confusión entre los hispanohablantes, predominado esta segunda acepción como referente social.

En alguna ocasión nos hemos cuestionado sobre su existencia: ¿mito o realidad? Sea cuál sea la respuesta, estos seres enigmáticos han sido la clave de numerosos relatos, de gran cantidad de narraciones literarias, dando vida a muchas leyendas y tradiciones de antaño. Solamente la Ciencia podrá despejar nuestras dudas al respecto, definiendo la verdad.

En la actualidad existen grupos de trabajo que han centrado sus investigaciones en este tema, y han marcado las pautas que nos llevan a pensar que hay cabida para estos seres, que se encuentran a grandes profundidades en el mundo marino. No obstante, nuestra mente puede seguir hilando fantasías, imaginando aquellos bellísimos cuentos que permanecerán constantemente en nuestra memoria. Una tradición que, hoy por hoy, continúa siendo el fruto de nuevas generaciones, que siempre recordarán el pasado con inquietud.

Referencias utilizadas

(1) Homero. La Odisea. Educar.org, 13 de marzo de 2005. Canto XII, v. 37.

(2) Las mil y una noches. San Juan de Puerto Rico: Biblioteca Digital Ciudad Seva, 10 de noviembre de 2010. Capítulo X: “Historia prodigiosa de la Ciudad de Bronce”.

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La verdadera historia del semidios y de la ninfa que por amor se convirtió en sirena

Odracir era una reencarnación, el 5º varón al que una ninfa había insuflado la esencia de su amado. Éste se llamaba Janófaro, era un joven y bello marinero eritreo, hijo de la sibila del lugar, que, minutos después de concebirlo, supo que el fruto de su amor con el dios Apolo sería un semidios inteligente y hermoso, y que ello despertaría pronto las envidias entre seres mortales y divinos. Por ello, para proteger a su retoño, decidió ocultar el embarazo y contó a todos que al hermoso niño que llevaba entre sus brazos, de ojos azules como el mar, lo había encontrado en las orillas del mar Jonio.

Pero Janófaro había nacido de madre mortal una noche de conjunciones astrales favorables, durante el equinocio de primavera, y de sus progenitores había heredado la belleza de su padre, el dios Apolo, y la inteligencia y el don de gentes de la sibila eritrea, y de la tierra en la que nació había respirado la sabiduría de los maestros de la escuela Jonia, la que reunió a Tales, a Parménides, a Anaximandro y a los mas sabios de todos los presocráticos.

El semidios, ignorante de su auténtico origen, siempre creyó que él había surgido de las aguas. Por ello salía cada mañana a ver el mar, a buscar sus vientos, amaba la tempestad y el oleaje, adoraba a los peces, las aves marinas y los crustáceos. Pensaba que su madre era una ola y su padre un delfín. No temía navegar con terribles tormentas porque, esta aparente ira, era para él su energía vital. Terminó aprendiendo el lenguaje de las aves, sabía cómo predecir tormentas y el color exacto que el cielo tendría al día siguiente.

Janira (o Yanira), la ninfa etérea, una de las hijas de Nereo, el antiguo dios del mar, en uno de sus paseos por la orilla vio un día reflejado el hermosísimo, sereno y tierno rostro de Janófaro, el mas bello que jamás contempló, y se enamoró de él. Todas las mañanas acudía a observarlo, pero él no la veía porque era incorpórea, sólo tenía espíritu.

La ninfa, viendo la plenitud del dueño de su corazón y su pasión por el mar, pensó que si se le aparecía en forma de sirena sería fácil conquistar su amor. Janira era muy hermosa, de piel blanca y ojos verdes, aunque sólo era visible para las deidades, y el dios Apolo la pretendía de forma insistente. Un día Janira ya no pudo aguantar mas y le confesó que lo rechazaba porque estaba enamorada de un mortal jonio bello y tierno. Apolo buscó uno de los rayos del Olimpo, y cuando la ninfa tomó forma de sirena, loco de celos, clavó a Janófaro, su propio hijo, un rayo mortal.

Apolo

Su madre, la gran sibila, sólo llegó a tiempo de llorar el cadáver y de maldecir a Apolo por su horrendo crimen. Cuando el dios se enteró que era su hijo, arrepentido, intentó salvarlo, pero sólo pudo recuperar su esencia. Iracundo y violento negó a la sibila, echó una maldición a quien osara escribir sobre el asunto y en un instante de lucidez, tras el inmenso dolor que tenía, entregó a Janira la esencia de Janófaro. Le concedió el don de poder verlo sólo una vez cada 100 años, y por ello la hija de Nereo vaga errante por la costa buscando una mujer preñada de rostro mediterráneo, como el de la sibila, en la que insuflar la esencia del semidios, con la esperanza de poder volver a verlo.

Era por esto por lo que Odracir, el marinero de preciosos ojos azules, soñaba con una sirena, porque él era uno de las reencarnaciones de Janófaro. En el pergamino que la sibila entregó en la Biblioteca de Alejandría aparecía, según recordaba Calímaco, una frase final, a modo de advertencia y de señal, para todas las madres cuyos hijos se parezcan a Janófaro, para que sepan que son herederos de una antigua y culta raza de semidioses, de la dinastía de las mujeres adivinas y también para que invoquen a las fuerzas cósmicas, con la secreta esperanza de que nunca una bella ninfa con forma de sirena los mire y se enamore de ellos.

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Traemos aquí una historia de origen griego, transmitida verbalmente en la península anatólica de madres a hijas primogénitas desde la Antigüedad clásica, recuperada por una experta en Historia Antigua, Alicia, que actualmente está en Turquía investigando sobre los orígenes paganos de ciertas leyendas.

    (Homenaje a R.Ch.G.)

LA LEYENDA DEL MARINERO Y LA SIRENA

Cuenta la leyenda que Odracir, un rudo marinero bragado en mil batallas con las olas y entrado en canas, soñaba que veía a una sirena. Era de piel oscura, mitad debido a la continua vida a bordo y la otra posiblemente porque, a pesar de ser de padres cristianos, siempre sospechó que entre sus antepasados se coló un berberisco o sarraceno, del que también heredó unos inmensos ojos azules únicos, que su madre no lograba identificar en la familia.


El mar era su vida; las aguas, decía, dieron color a sus ojos y el sol a su piel. Nunca pasó miedo, ni tormentas, ni capitanes innobles pudieron con él; pero la noche, el sueño, encontrarse taciturno con su sirena le hacían temblar. Se despertaba sudando, abría sus ojos turquesa, se erguía y la llamaba. Era tal su obsesión que en sueños le había puesto nombre: Yanira; era su musa, su dueña, su amor.

Había nacido en tierra antigua y salada, visitada por tartesos y fenicios, nombrada por cartagineses, situada por célebres geógrafos griegos e invadida por tropas romanas. Era del sur de la vieja Hispania, de la costa que guardaba para sí un pequeño mar menor, una laguna al sur de la gran albufera. Mamó salitre y comió garum, de pequeño participó en procesiones que llevaban a santos y vírgenes rescatados del agua, oró y lloró por marinos y aventureros que cruzaron los confines del mundo, pero nunca antes, ni de tierno infante, había soñado con sirenas.

Decidió su oficio tan pronto como su altura inaudita y su inteligencia sobrenatural le permitieron ganarse el primer sustento. Con sólo nueve años era mas alto que el capitán del barco, menos experimentado pero mas entusiasta, muy dispuesto y sobre todo muy feliz de poder navegar. Años después admitiría que la sal marina era el alimento de su alma, que los alcatraces y las fragatas le hacían ser libre y que todo aquello le daba mas vida que cualquier otra cosa. Empezó aprendiendo a pescar distinguiendo tamaños, tonos, branquias y espinas, y acabó enrolado a sueldo, cuando ya no pudo seguir en su oficio, acompañando a viajeros y soldados que necesitaban cruzar el océano.

El miedo parecía que no le había tocado en el reparto genético, pero sí mucho entusiasmo y un carácter que le permitía ganarse a compañeros, a patronos y a cómitres. Siempre tuvo como lujo que ninguna mujer se le había resistido, no sabemos si porque ansiaba a pocas o porque tenía un éxito sin igual. Sólo la sirena se le escapaba; daba igual como la soñara, siempre desaparecía nada mas verla. Tenía un rostro blanco nival, unos preciosos ojos verdes como las aguas del trópico y una adorable sonrisa. El pensaba que era una sirena porque siempre la ensoñaba saliendo y entrando del agua, pero jamás la vio de cuerpo entero. Tras la visión se despertaba sudoroso, gritando su nombre, muerto de dolor por la reciente lejanía de la que ahora era la dueña de su alma.

Odracir la pintaba para verla, la soñaba para poder tenerla siempre con él, pero nunca supo dónde la había visto por primera vez, si fue despierto o durmiendo, si el encuentro inicial había sido en tierra o en el mar. A veces, cuando le preguntaban por su sirena, no sabemos si para fabular o para intentar convencerse, contaba que la había visto en la isla de las tortugas gigantes, y de tanto contarlo se lo creyó, por lo que terminó amando a las aves, los peces, las tortugas y a todo cuanto aparecía rodeando a su dueña. Las iguanas marinas le parecían seres mágicos porque eran las precursoras de la aparición de Yanira.

isla tortugas gigantes

Sin mucho esfuerzo, como si lo hubiera hecho antes, aprendió a cartografiar el océano, y en las cartas de marear incluía siempre a su señora, en forma de sirena, porque creía que pintando su morada sería mas fácil convertir su sueño en realidad, y que marcando en un papel su existencia, ésta cobraría vida.

Pero también la buscaba en el mar, en la costa, en los ríos y en los lagos. Recorrió el Mediterráneo buscándola, llegó a Grecia y a Turquía, y allí, entre sus habitantes, encontró que tenían rasgos parecidos a los suyos, pero él no buscaba antepasados, sino a su señora. Y cuando creyó que en ese antiguo mar no estaba, pasó buscarla en el reino de Saba, en las fuentes del Nilo, en las penínsulas asiáticas, en los antiguos reinos chinos y en las islas del Índico.

Como sólo navegaba, buscaba y soñaba, terminó confundiéndose: creía que estaba en el mar cuando se echaba a tierra, soñaba que buscaba y buscaba, soñando, encontrarla. Viejo y cansado hizo un pacto con Poseidón, el dios del mar: se entregaría para siempre a las aguas si conseguía verla despierto sólo una vez. El dios aceptó el reto y buscó a la sirena, preguntó a parcas y musas, llamó a Ulises para saber si la había encontrado en su largo periplo. Mandó a delfines, a ballenas y a lobos de mar en su busca, pero Yanira no se hallaba. Convocó a dioses y semidioses, a consejeros, copistas, escribas y visires. No se atrevió a invocar a los dioses de las religiones del libro, siendo los únicos a los que no osó a preguntar.

Frustrado recordó que en Alejandría había un sabio, Calímaco, el bibliotecario, del que se decía que se había leído todos los pergaminos de la gran Biblioteca, y lo llamó para pedirle ayuda. Estaba ya medio ciego y para su desgracia había presenciado la destrucción de la colección, pero conservaba sus Pinakes, un largo catálogo en el que describió todas las obras que llegaban, ya fueran de las naciones del occidente o del oriente, del norte o del sur. Ayudado por Hipatia buscó durante meses el rastro de la sirena, hasta que por fin recordó que hacía mucho tiempo una sibila le entregó, con objeto de que se conservara para siempre en la insigne biblioteca, un rollo de pergamino. Cuando lo abrió, Calímaco no encontró nada escrito y la vieja sibila le dijo que los dioses prohibieron que se contara, pero que su última voluntad fue que existiera un testimonio de la bella y triste historia de su hijo. Cuando el pergamino se calentaba aparecían las letras, para que éstas desaparecieran sólo había que acercarlas al agua y la humedad las borraba de nuevo.

(Continuará)

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